Ser entrevistadora igual significa andar entre vidas, vivir mi vida y empatizar con otra. Conocer su historia y respirar otro tiempo. Como cuando conocí el frío de Tirúa, el olor a bodegón, recuerdos de mis viejitos, cuyo piso tierra me abrazó. Los últimos queules de la región de O'higgins, su quínoa y vinos, el sol pasaba entre medio de ellos y los pinos. Valles enteros sembrados por viejitos sin dientes, lentes rayados, que hacen lo mismo que sus padres, un tiempo más lento y olor a humo. Preocupaciones concretas, vacas y chuño, patos y abejas, gente muy sencilla e inflexible.
Si bien, al lado de los fogones hay calorcito de hogar, sé que estas no son mis casas. Este lugar que me abraza, tiene una frontera bien marcada de lo que acepta y no acepta de mi, desde su inmensa altura moral. Así que quizás tendré qe volver a mi guarida, en la ciudad, a procesar nuevamente el cariño y el rechazo.
La primera vez que me sentí querida
Me recuerdo de que estabamos charlando con mi primer pololo sobre una profesora de universidad, diciendo que era torpe espacialmente. Me avergoncé y le dije que yo igual soy así, un poco olvidadiza, un poco distraída, un poco al lote. Él me dijo que eso lo encontraba tierno, y sentí un calorcito que abrazó toda esa parte que antes era rechazada por mi familia.
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